Estoy enojada.
Me doy cuenta con horror que tengo una capa dura dura dura para eso de creerles a los vatos.
No que no me gusten, porque sí me gustan, no que no me caigan bien, porque sí me caen bien… pero reflexionando un poco sobre mi comportamiento y las ideas que surgen en mi cabecita últimamente, creo que tengo un problema.
Por ejemplo, analizando a la distancia mi pequeña historia de intercambio cultural con el italiano, siento que me porté fría como el hielo.
¡Y miren que me la pasé bien con el hombre! Desde el primer día que nos vimos todo fue muy divertido, incluyendo drunk texting –de su parte, no de la mía, jejeje- y una charla tan animada y divertida como hacía rato que no tenía una. Y las parrandas. Y las cervezas.
Pero esa dicha me la quedé yo y para afuera no salía nada. Yo creo que los pocos días que duró esa historia, e independientemente de lo bien que lo pasé, he de haber sido rara para él. Pensando en eso, creo que de mi parte no hubo retroalimentación positiva…ni de ningún tipo.
Ora sí que como él decía ‘pero es que qué ingratitud…’
Por ejemplo, un día estábamos cenando y le vi los pelitos del brazo todos desordenados y se los empecé a peinar. Y me dice ¿qué tanto le mueves a mis pelitos? Y le dije es que me estresa que estén todos greñudos. Ah!, responde, yo pensé que me estabas haciendo un cariñito, pero ya veo que no.
Y la verdad es que algo había de cariñito, pero no me tomé la molestia de aclarar el punto.
Otro día me acompañó al carro y nos hicimos arrumacos en una esquina. Pregunta ¿y dónde está tu carro? Y yo estiro mi bracito y señalo al carro que estaba a dos o tres metros de nosotros. Y dice ‘con razón te pusiste cariñosa, porque de aquí ya le puedes correr.’
Ups.
Pobre hombre, la verdad es que sí lo extrañé cuando se fue.
Estaba chido verlo a diario y que me reclamara por llegar tarde a nuestros dates.
Pero es que qué son 20 minutitos… sobre todo si una anda en bici.
Y luego no lo acompañé a Cancún a esperar su avión, tssss, pinche vieja ojeïs…
Ay! El italiano… Tan abrazador él…
Pero vean, ora que no está, ahora sí yo muy suspiradora por las aventuras pasadas, pero mientras estuvo aquí, nada.
Y luego el otro día me eché un café con el que podría convertirse en mi primer amigo playense. Platicamos un rato y luego nos fuimos a ver la lunota en la playa. Mientras iban y venían las historias iban y venían también las sugerencias de a ver si vamos a la playa, a ver si vamos a Xcalacoco, a ver si un día nos echamos unas cheves… y yo sentía como los a veres rebotaban y rebotaban en mi dura dura dura capa ul-tra-re-pe-le-do-ra de las cosas que dicen los hombres, inventada por el Dr. Chunga y puesta a prueba en este colectivo.
Él estaba siendo amistoso y yo no mostré demasiado entusiasmo.
Me caí tan mal.
No me sorprendería que no me hable para ponernos de acuerdo para ir a la playa este fin. Y si eso sucede, amigos, bien merecido lo tendré por haber tomado como slogan desde hace tiempo aquella frase novelera de los noventas: Yo no creo en los hombres.
Esa frase está passé y me la tengo que sacudir.
Les tengo que dar chance a los vatillos, caray…
Ay!, qué difícil es, qué difícil…