pensamientos macabros II
… cuando era niña e iba al dentista me entraba un desasosiego que me hacía pensar en que sería preferible que me sacaran todos los dientes con tal de no estar ahi escuchando el maldito taladro.
Y tenía muchos pensamientos de ese tipo. Me decían: pásame el azúcar y yo pensaba en más y más y más azúcar hasta que la habitación estuviera llena.
El clímax de estos pensamientos era casi siempre trágico.
Pero luego se me quitó la maña y dejé de pensar en esas cosas.
Nomás que a veces me descubro dándole vueltas otra vez.
Ese carro que jotea y que compré después del encuentro dramático con el chivo es ahora el origen de mi desasosiego.
Ya lo llevé a afinar y de todas formas jotea. Ahora le suena una llanta y me imagino a toda velocidad en Constitución y la méndiga llanta explotando y yo pereciendo en dramático accidente.
Y como otra vez pienso cosas raras, en vez de hacer lo lógico, que es comprar una llanta nueva, preferiría vender al puto carro.
Sí, está chido. Pero jotea. Mi huevecillo era más machín y con más caballos de ‘juerza’.
Lo vo’a vender y me vo’a comprar una troca chueca.
Ja. Como dice mi papá: alacrán por alacrán.