… y sin título
Todas las noches lo mismo: Beto sale de la oficina, cruza el estacionamiento y se sube a su camioneta que, como siempre, ha dejado estacionada frente a una gran barda blanca.
Todas las noches lo mismo. Enciende las luces que se reflejan en la barda y lo enceguecen.
Invariablemente esta luz que lo ciega echa luz sobre toda su miseria. Lo sabe, pero sigue estacionándose donde mismo, el muy masoquista. Canta su tema inventado: me odio, me odio… pero no puedo cambiar.
Del trabajo a su casa siempre hay una parada en el videoclub. Pero no es que nuestro Beto sea fanático del cine. La verdad es que siempre toma los documentales de la vida salvaje que son gratis. Obvio que los encargados ya lo miran feo, pero no pueden hacer nada en su contra. Se vale, puede hacerlo, nos chingamos. Cada noche lo mismo. Eso, y una cena asquerosa en la soledad de su casa, viendo el documental.
Una vez salió con una compañera de trabajo, Marilú, que se sentía sola y no tenía nada que hacer.
Como siempre, pero esta vez acompañado, Beto cruzó el estacionamiento, se subió a la camioneta, la luz lo volvió ciego y a pesar de la compañía, sus miserias seguían donde mismo. Volteó a ver a su amiga, sin decir nada.
- Beto, ¿qué te pasa? ¿estás bien? Beto, contéstame…
Sí, amiga. Debiste abrir la puerta y escapar, como estabas pensando. Soy un tipo muy extraño, ya lo verás.
En el videoclub Marilú vive sus primeras decepciones. No puede elegir ninguna película, pues la visita es de entrada por salida. Al ver a Beto entrar, tomar dos documentales de la vida salvaje –Grandes felinos y Gorilas, tiernos gigantes- y enfilarse al mostrador, pensó que quizá Beto no tenía dinero, pero ni cómo ofrecerlo… las mujeres no hablan de esas cosas. ¿Quieres palomitas, Beto?.
Beto no quería.
La verdad es que no tiene horno de microondas.
Marilú se sienta. Qué asco de casa. Vive solo, obviamente… y no ha de tener muchacha. Espera no tener que ir al baño.Las dos pizzas que Beto pidió acaban de llegar, por lo tanto sí tiene dinero. Ella no entiende qué pasa con esos documentales… hubiera preferido ver algún estreno, en vez de esas cosas, pero en fin.
La voz del narrador no miente. Marilú sabe se aproximan a esas escenas que la hacen sentir tan incómoda.
Ay!… ¡ahí está! ¡a mi no me interesa cómo copulan los gorilas, esos tiernos gigantes!. Voltea a ver a Beto para hablar de cualquier cosa, cualquier cosa menos seguir escuchando esos detalles tan íntimos. Pero Beto está alelado. Lo llama una, dos veces y Beto no contesta.
La resignación de Marilú sigue el camino de los botones de la camisa de Beto, su hebilla… ¡Dios mío! ¿qué es eso?
¿Qué te pasa? ¿nunca habías visto una? Es una erección. Me excita ver animales copulando. ¿Te molesta?.
Beto se acomoda otra vez en el sillón y regresa la escena. Pinche Marilú me interrumpió. Mientras llega al minuto treinta y dos con dieciocho segundos, le dice sin mirarla: sí amiga. Debiste abrir la puerta y escapar, como estabas pensando. Soy un tipo muy extraño, ya lo ves.
Marilú cierra la puerta con cuidado, para no dejar caer las dos rebanadas de pizza que lleva en la mano. Deja a Beto viendo sus cochinadas con tranquilidad. Se despidió sin armar una escena y eso la enorgullece. Se siente una mujer muy moderna y comprensiva, pero aún tiene hambre.
Camina, comiendo su pizza. No tiene miedo, no está asustada. En el fondo cree comprender a Beto, pobrecito, siempre tan solitario y mal peinado, pero ¿por qué con animales?.
Lo único que la inquieta es cómo Beto supo lo que ella estaba pensando cuando horas antes en la camioneta ella pensaba en abrir la puerta y escapar. Aunque se siente muy moderna y comprensiva, no sabe si es buena idea llamarle el lunes, nada más para preguntar.