A veces me da por comer tarde, a eso de las 2.30 o 3, y en esos casos voy sola, porque la gente se empieza a morir de hambre más o menos a la 1.30 o 1.45, máximo. Pero a mi me gusta porque así evito a las multitudes. Llego, me siento en la barra de los solitarios o en una mesa y aprovecho el tiempo para ver a la gente, o le doy vueltas a mis teorías como aquella, aún sin sustento, de que se puede definir la personalidad de alguien según la forma de su trasero… pero bueno, mientras no haya sustento pues ni como alegar, ¿verdá?, pero mientras me doy a la observación.
El caso es que ayer fui y agarré mesa normal y un señor me preguntó si se podía sentar conmigo.
Pasó veloz mi hediondor que me decía: nooo! nooooo!… pero creo que me hubiera visto muy ojeis, tons le dije que estaba bueno.
Una se acostumbra a no hablar con extraños. Hasta ahora sigo siendo incapaz de saludar a gente que veo a diario nomás porque no hemos sido formalmente introducidos, como decía el Eduardo.
Y cada que pienso en eso me convenzo de que soy una ridícula.
Pero si saco del contexto laboral a la persona y me la encuentro por ejemplo en la plaza, ahí si todo cambia: hola/ hola/ nos vemos/ bye..
Cuando el señor me pidió compartir mesa, junto a mi hediondor pasó la sospecha de este tipo algo quiere.. pero de inmediato detuve ese pensamiento. ¿Qué tal que no quiere nada? ¿qué tal que le gusta comer acompañado?. Quizá así debería ser siempre.
Y desde entonces estoy pensando en el asunto. Vivimos cerrados en un mundito pequeñito donde nomás caben los amigos, conocidos, familia. Pero estos son minoría. En un mundo con millones de posibilidades nos cerramos a unas cuantas, nos aferramos… eventualmente nos aburrimos.
¿Qué pasaría si más gente afrontara una hora de comida solitaria como el señor de ayer? Quizá se formarían más lazos, quizá habría más caras conocidas para decirles hola.
…Ahora que lo pienso, hace como cuatro años un señor nos dio posada en su mesa porque no había lugar y desde entonces cada que nos vemos nos saludamos.
No se cómo se llama y él tampoco sabe cómo me llamo yo, pero sabemos que existimos.
Total… comí con el señor.
No quería nada.
Me dijo que mi nombre está bonito.
Yo no se cómo se llama él <– hedionda!! hedionda!!
Alegamos de las transmisiones por internet que se congelan y uno no sabe si resetear o seguir nomás oyendo.
También había estado viendo la transmisión a la que me vi obligada a venir el sábado y que me sacó tres canas verdes.
Está en el programa emprendedor e incubadora de empresas.
Me dio algunos consejos para aterrizar la idea que da vueltas en mi cabecita desde hace varios años.
Conocía a un egresado de la FAV al que quizá yo conocía, pero no le supe decir <– por hedionda!!
Conlusiones:
No me molestó tener compañía, aunque fuera un desconocido. Bueno, hasta antes de la comida era un desconocido, hoy es una cara conocida más a quien decirle hola. A grandes rasgos, la situación no fue desagradable y aunque no pienso poner en marcha una reforma al comportamiento daliliano, trataré de ser menos hediondilla.
Quizá salude más. Después de todo siempre me ha gustado el gesto de levantar la mano y moverla de lado a lado.
Cuando pienso en su origen me invade un sentimiento muy raro, entre ternura y conmoción.
Es increíble como un gesto sobrevive miles y miles de años para surgir cada vez que saludas
Hola, no tengo armas. Vengo en son de paz.